Sabiduría.
Hay ocasiones en las que nuestro cuerpo (mucho más sabio que nosotros) se deja llevar por su ancestral sapiencia y nos sorprende a nosotros mismos ordenándonos sin palabras, lo que debemos hacer. No es una cuestión de principios ni de finales, es sencillamente que ocurre lo que tenía que ocurrir... Ya puedes haber planeado la escena, pensado el decorado y/o los detalles, dispuesto hasta el último elemento del atrezzo, que las cosas pasarán como tengan que pasar y seguramente no será como lo habías planeado.
Por eso creo que no te sorprendió lo más mínimo nuestro primer beso en los labios, ya sabías que sería así, algo sencillo y natural después de tanto tiempo deseando vernos. Tampoco te sorprendió, cuando subimos a tu coche, que te cogiera la cara y te atrajera hacia mi... los dos lo sabíamos, los dos lo estábamos esperando, fue algo casi inevitable. Mágico, pero así mismo natural. Los labios devorándose, las lenguas buscando completar lo que les faltaba, la respiración agitada, las sonrisas, cómplices inevitables.
El brillo de tus ojos, pero sobre todo tu voz sugiriendo:
- ¿Vamos a un Hotel?. Era otro de los pasos inevitables, algo tan natural como bajar la ventanilla ya que estaba empezando a hacer calor.
- Vamos donde quieras ir tú, pero... ¿porqué no vamos a tu casa? - te contesté.
De nuevo, me pareció algo de lo más natural. Quería que te encontrases cómoda, tranquilas, a gusto. Y que mejor manera de hacerlo que estar en tu terreno, en tu casa. En un principio sorprendida, luego complacida y al final creo que emocionada, me miraste y sin decir nada arrancaste el coche. Como era de esperar, mi mano tardó poco en acabar en tu muslo y tú me preguntaste varias veces si estaba bien, si me encontraba a gusto... No podías imaginar que en esos momentos, solo necesitaba el viento en la cara y oler tu perfume para sentirme completamente feliz.
Diez minutos más tarde llegamos al garaje. También era lo más natural del mundo que antes de entrar en el ascensor, te volviera a besar, apasionado, cogiéndote de la cintura. Y que, faltaría más, tu me contestaras, confirmando que tus ganas eran tan grandes como las mías. Dentro del ascensor, solos, tuvimos cinco pisos para comprobar que no hay pintalabios que aguante una prueba como la que estábamos haciendo nosotros: siempre desaparecen. "Planta quinta" nos dijo la máquina. Justo a tiempo para recomponer el gesto, antes de salir nosotros y dejar pasar a una vecina con su bebé.
- Buenos días - saludó, con "excesivo" interés.
- Buenos días Lola - le contestaste dejándola atrás rápidamente.
Buscar en el bolso el llavero, abrir la puerta, entrar, dejarme pasar y cerrar detrás nuestro. En total unos cinco segundos. Una vez dentro, con la espalda contra la puerta, ni dos, tardé yo en lanzarme a seguir comiéndote las ganas y la boca. El bolso cayó al suelo, al lado ya estaba uno de mis zapatos. Tu blusa, con esos botones tan bonitos... me recreé quitándolos despacio, intentando que no se notara mucho el temblor de mis manos. Mientras besos y caricias se desparramaban por toda la geografía de tus pecas. Tu cuello, asediado, rindió la plaza; lo giraste y lo ofreciste entero para morder... Y allá que fui, obediente a rendirte honores. Al final, sin más botones te ayudé a quitarte la blusa descubriendo un precioso sujetador de encaje, del cual poco me dejaste disfrutar. Fuera mi camisa, sin desabrochar. Bajar una cremallera y abajo la falda.
Fuimos dejando por el pasillo un reguero con la ropa... nada importaba. Solo sentíamos nuestras manos, nuestra piel, nuestro deseo. A mitad del pasillo, ya andaba mi mano por tu sexo... atrevida y audaz acariciándote. Haciéndote parar, apoyada contra la puerta del baño cuando llegó el primer orgasmo. Dejándote sin aliento, con la boca abierta, que yo aproveché para morder...
Besos, mil besos. Un ataque fulgurante de besos nos llevó hasta el borde de tu cama. Un segundo. Nos paramos de pie un instante, mirándonos a los ojos... sin hablar. Hasta que me acerqué a tu oído, rozando tus pezones excitados con mi pecho para decirte:
- Supongo que sabes lo que va a pasar ahora.
- No, no sé nada. ¿Que va a pasar? - me contestaste, pícara y juguetona. Sonriendo de medio lado...
- Que te voy a comer - te dije, mientras bajaba besando tus pechos, chupando esos pezones duros. Por tu estómago, acariciando tu costado, aprovechando para bajar tus braguitas, dejando al descubierto tu secreto más dulce....
Y, a partir de ahí, el tiempo se detuvo... y todo fue tan dulce... tan natural.
••••
Dentro de un tiempo, cuando recordemos este encuentro, seguramente veremos que al final lo único importante, lo que vale la pena, lo que permanecerá, fueron los diez minutos de paz que tuvimos después. En silencio, desnudos, abrazados el uno al otro, viendo pasar las nubes blancas sobre el fondo azul de cielo, mientras una dulce sensación de abandono, nos llenaba a los dos de paz.

Tacones y carmín.
Esta noche estoy sentado de espaldas a la entrada del bar de Chico, al fondo de la barra en uno de los pequeños reservados y puedo escucharla entrar, antes de verla acercarse observando su reflejo en los espejos de la barra. El ruido de sus tacones resonando decididos sobre el viejo suelo de madera, no presagiaba nada bueno.
Cuando se paró a mi lado supe que aquella noche, hiciera lo que hiciese, yo era la presa que ella había elegido. Bajo la luz tenue de las viejas lámparas pude observar que fuera llovía porque su abrigo goteaba ligeramente. Siguiendo el rastro del agua mi mirada se fijó en la piel negra brillante de unos preciosos zapatos de tacón, subió lentamente disfrutando de la perfección de sus piernas siguiendo la raya que discurría por la parte trasera de sus medias negras y se detuvo en esas caderas que siempre fueron promesa de noches eternas.
Ella seguía de pie a mi lado, los pies bien plantados en el suelo, su abrigo goteando, esperando paciente a que levantara poco a poco la cabeza buscando ascender hasta su pecho. Mientras dejaba que su perfume removiera los recuerdos, tuve que parar un instante abrumado por tanta belleza ceñida en ese pequeño y elegante vestido negro que tan bien conocía. Pero ella sabía que lo mejor estaba por llegar y esperó hasta que la miré a la cara, buscando sus labios absolutamente rojos, bebiéndome su mirada...
Cuando vi cómo me observaba, al adivinar la intención que dormía en el fondo de esos ojos negros, supe sin lugar a dudas que mi suerte estaba echada. Desde aquel momento, reflejarme en el abismo oscuro de sus pupilas sería lo mejor y lo más peligroso que haría nunca. Así que una vez tomada la decisión, cogí la copa, la apure de un trago, me levanté y cogiendo el peligro por la cintura salimos del bar en busca de nuestro destino.
Desde la barra Chico sonreía al vernos pasar...
Inspirado por @rutims

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Frio. ( #HistoriasdeBar )
El invierno se resistía a marchar y esta primavera estaba demorando mucho su llegada. Así que los cafés con leche era lo que mas me pedían, sobre todo los habituales del primer turno, esos personajes madrugadores que nos ponían en marcha la ciudad todos los días.
-Rita, uno con leche bien caliente y largo de café, que menuda nochecita... -me pidió el encargado de las obras del Parking, entrando de los primeros, como siempre.
- Marchando. ¿Hay sueño Emilio? - le contesté.
- Es que he estado media noche en vela. ¿No te has enterado? - me preguntó mientras le daba el primer sorbo a la taza.
-¿Que ha pasado? - le pregunto.
- En el paseo. ¿No recuerdas que casi ya llegando al rió, hay un restaurante, justo detrás del Callejón del Aire? Hace varios años que un viejo llegó con una furgoneta decrépita, que, a duras penas aparcó en un rincón y ya nunca mas consiguió mover de allí. El dueño del restaurante lo "adoptó" y le dio trabajo: vigilaba el garaje a cambio de la comida. Dormía en la furgoneta y era conocido en todo el barrio por ser buena gente. Nunca se metía con nadie y se le podía ver los días de sol sentado en algún banco del paseo, siempre escribiendo. Pues como había habido unos robos en la obra estos últimos meses, se me ocurrió proponerle que vigilara el recinto por un poco de dinero. El pasaba varrias veces por la noche y le echaba un ojo al material, se sacaba para sus cosas y todos contentos. Pues ayer entraron a robar en la obra, me llamó la policia a media noche y cuando vine a ver que había pasado, no estaba el viejo, me pasé por la furgoneta y allí encontré la puerta abierta y al vejete muerto dentro.
- Vaya! - exclamé sorprendida - ¿que pasó?
- Parece ser que se murió mientras dormía. Así, sencillamente. Era mayor, pero los del Samur no supieron explicárselo. Lo mas curioso era la furgoneta por dentro. Nunca la había visto y me sorprendí mucho al ver que el vejete había convertido esa vieja lata en un hogar. Estaba limpia y pintada. Las ventanas que quedaban con cristal, tenían cortinas. Una tumbona de playa y una vieja colchoneta le servían para sentarse y dormir a la vez, pero lo mas curioso era la sestantería de cajas de cartón... y las libretas...
- ¿Las que? - le pregunté a Emilio, mientras le echaba un trago largo al café.
- ¡Las libretas!. Cientos de ellas. De todos los colores, llenas de una letra menuda y apretada. Parece ser que el vejete escribía. Y mucho. Todas estaban ordenadas, por fecha, metidas en las cajas... Algo muy extraño... La policía las ha dejado dentro de la furgoneta y se la ha llevado al depósito de vehículos con una grua, pero me ha dado tiempo, sin que se enteraran, a coger dos de ellas... las que el viejo tenía en las manos. Tienen una letra difícil de leer, pero curiosamente he logrado entender que una habla de ti, o mejor dicho: de tu padre...
- ¿Como? - le contesto sorprendida - ¿de mi padre?
- ¿Tu padre no se hacía llamar Chico?
- Si. Todo el mundo lo conocía así. ¿Puedo verla? ¿Me dejas? - le pegunto intrigada.
- Claro. Toma. En realidad he venido a traerteleas. Yo ya tengo mala vista, así que, dadas las circunstancias, mejor las lees tú... Y ya me cuentas. ¿Vale?
Y mientras decía eso, apurando el café, Emilio dejó sobre el mostrador unas monedas y dos libretas de gusanillo, una verde y la otra roja. Y se fue... En la portada de una de ellas se podía leer, en una letra menuda "Frio" y en la otra "Chico". Al cogerlas sentí como se me erizaba el vello y un ligero temblor recorrió mi espalda. Había pasado tanto tiempo...
#continuará
Estrellas fugaces.
Soy incapaz de pensar, solo puedo agarrarme a su pelo. Esa lengua suya me vuelve loco. No puedo hacer más que mirar su nuca mientras ella se afana en morder, lamer y acariciarme con su boca. La veo con las piernas abiertas, sus vaqueros y sus botas. Una camiseta gris ajustada pero que me deja meter la mano por la espalda buscando acariciar su piel, en un vano intento devolverle una mínima parte del placer que ella me está dando ahora.
-Hoy te toca sufrir a ti - me dice sonriendo mientras me lame despacio, de abajo arriba.
Parece increíble lo que es capaz de hacer. Y yo que presumía de experto en la materia, de necesitar solo mi lengua para hacer feliz a cualquier mujer (y no estoy hablando de charlar)... Pues vaya repaso me están dando... Se para... Un segundo. Uf!. Se aparta, me mira sonriendo mientras se relame. Me agarra con fuerza y me muerde justo ahí donde sabe que mas me gusta... Mientras juega con sus uñas y mi piel, haciéndome arquear la espalda. Yo, tan solo soy capaz de agarrarme de sus hombros o de acariciar su cara.
Esa cara que me ha saludado alegre, antes de invitarme a sentarme al otro lado de la mesa y levantarse, andando muy despacio hacia donde yo estaba, dejando que admirara que bien le quedaban esos vaqueros y como se movía, tentador, ese collar sobre su pecho. Lo que ya no soy capaz de recordad es como he terminado sentado en la mesa, justo enfrente de ella, ni como ha sido tan hábil de bajar la cremallera, meter su mano y empezar a jugar conmigo. Ha sido todo tan rápido... Y luego tan lento. Ahora estoy a punto. Ella lo sabe, se relame... Y apoyando una mano en mi pecho me deja acariciar el suyo mientras procede a un ultimo asalto, porque esta segura de que no podré resistir sus embates mucho mas tiempo. Esa lengua...
Llega un momento que veo pasar estrellas fugaces en el techo de su despacho cuando consigue que llegue a gemir, olvidándome de todo.

Photo vía underview
RANKING.
Según dice la RAE: (Voz ingl.).
1. m. Clasificación de mayor a menor, útil para establecer criterios de valoración.
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Es útil y necesario saber cual es el puesto, el lugar que cada uno ocupa en la mente, en el corazón o en las preferencias de los demás. Te ahorra mas de un disgusto saber si se puede o no se puede contar con el otro, o si dado el caso, salvará antes al cuadro que a tí, inconsciente en en suelo del museo incendiado.
Llega un momento en la vida que las listas, rankings o clasificaciones se hacen poco menos que impresindibles. En mi caso (solo puedo hablar, y no siempre, por mi mismo) cuanto mas mayor: mas zen. Sé lo que me gusta y lo que no... y muy poco mas. Dudo de todo y de casi todos.
Pero hay personas que usando esta definición de la RAE son capaces de establecer unos rígidos criterios de valoración a la hora de tratar con otras personas, con toda la complejidad que, a mi parecer, esa empresa conlleva. A ellos/as les proporciona una herramienta muy sencilla para establecer los límites, las fronteras. Para crear compartimensotr estáncos fáciles de aislar en caso de peligro. Unas cosas aquí y otras allí, de esto me ocupo, por esto me preocupo. Ahora subes dos puestos, ahora bajas cinco. Que maravilla de concreción, que decisón, que valor. Parece facil, pero no lo es. Hay que tener alma de taxonomista para ser coherente con los criterios de clasificación. Establecer normas rígidas y no ceder ante las numerosas presiones. Creer firmemente en la tarea y no dejarse llevar por distracciones pasajeras como sentimientos o afectos. Todo puede ser clasificado si se dispone el orden adecuado, ya que sin orden la vida seria un caos y eso no se puede consentir.
Desde mi punto de vista esto es una sandez y un engaño. El trato con personas debe regirse por otros parametros mucho más flexibles. La duda, la eterna pregunta, la curiosidad, el interés... son esos primos incómodos del ranking y la taxonomía. Los que nos mueven los cimientos, los que nos llevan a vivir al borde del abismo, equivocándonos pero aprendiendo.
No puedo entender determinados comportamientos, no puedo. Pero yo me pregunto el porqué no puedo hacerlo, mientras que otros sencillamente, no aceptan que pueda haber un hermoso paisaje tras la puerta cerrada donde metódicamente, elaboran sus listas, sin pensar siquiera que si abren esa puerta, quizá, descubran un mundo nuevo. Pero el miedo es un mal compañero de viaje.
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Taxonomía.
(Del gr. τάξις, ordenación, y -nomía).
1. f. Ciencia que trata de los principios, métodos y fines de la clasificación. Se aplica en particular, dentro de la biología, para la ordenación jerarquizada y sistemática, con sus nombres, de los grupos de animales y de vegetales.
2. f. clasificación (‖ acción y efecto de clasificar).
Disfrutarte.
Me he levantado muy temprano para preparar el desayuno. En silencio trasteo por la cocina poniendo en marcha el café, la tostadora; sacando la leche, los cereales... Me gusta la casa en esos instantes, silenciosa y tranquila, cuando todavía la quietud de la noche le gana la partida a los ruidos del día.
Cuando el café esta preparado, me pongo la primera taza y voy hacia la habitación con ella en la mano, pero me paro al llegar a la puerta, a mirarte como te despiertas despacio, mientras el día amanece y el sol ilumina poco a poco la ventana.
Extiendes tu brazo buscando el calor que mi cuerpo ha dejado al otro lado de la cama, veo como acaricias las sabanas. Quizá, con suerte, pueda pillarte abrazada a mi almohada, oliéndola, para luego desperezarte sin pudor. No sabes que te estoy mirando y solo te das cuenta de ello al girarte, justo antes de levantarte. Me miras y me guiñas un ojo.
Y allí estoy yo, apoyado en la puerta con una sonrisa pintada en el rostro y la taza de café que me quitas para dar un sorbo, al pasar camino del baño. Descalza, hermosa y radiante, con las chispas de mi deseo prendidas en tu pelo alborotado, te dejo pasar. Y tu lo haces muy despacio, porque sabes perfectamente que te estoy mirando el culo mientras te alejas andando.

Foto Vía : La dolce Vita
Puedes encontrate con muchos regalos en esta vida, pero pocos pueden superar el encontrarte con personas con las que conectas con solo una mirada, o unas frases lanzadas al azar.
Así ha ocurrido con @anitaideas [ blog ]. Sin su ayuda, su complicidad y sus collejas, no hubiera sido posible escribir este relato a 4 manos. Esperamos, sinceramente, que os guste.
Regálame un vestido de palabras.
Recién puesta la terraza y ya está hecha un asco, ¡qué ganas tengo de que acaben las obras del Parking de al lado!... No hago más que sacar las mesas y ya tengo que estar limpiándolas otra vez. Mientras yo le doy a la bayeta veo, por el rabillo del ojo, cómo se acerca Luis por la acera de enfrente, tan arreglado como siempre, de buena mañana. Me saluda con la mano y mirando a los dos lados, cruza la calle corriendo, directo hacia mi.
- ¡Buenos días, guapísima! - me saluda muy contento, a la vez que me planta dos besos, algo inaudito en él.
-¿Me puedes hacer un favor muy grande? - me pregunta casi sin aire después de la carrera.
- Hombre, si es fácil - le contesto, riendo.
- Muy fácil. Mira, cuando venga María dentro de un rato, le das este sobre. ¿De acuerdo? - me interroga con la mirada, para estar seguro de que lo había entendido.
- Pues sí que es fácil. ¡Cuenta con ello! - le contesto, cogiendo un pequeño sobre marrón que me pasa con las dos manos, como si su contenido fuera algo muy importante y valioso.
- Muchas gracias por el favor. De verdad. Te debo una - me dice, mientras se gira y comienza a alejarse sonriendo.
- ¡Oye! - le grito mientras se marcha - ¿Hoy no desayunas?
- Hoy no, gracias ¡Tengo prisa! - me contesta mientras vuelve a cruzar la calle corriendo.
Y allí me deja. Plantada en la acera con la terraza a medio montar y el sobre en la mano recordando, con una sonrisilla pintada en la boca, un par de magdalenas de chocolate que empezaron una hermosa historia hace unas semanas en el bar. Por desgracia, en este trabajo no hay mucho tiempo para pensar, porque enseguida llegarán a almorzar los trabajadores de la obra y será el caos. El tiempo pasa muy deprisa y cuando me doy cuenta de la hora que es, se me ha pasado la mañana.
A eso de las dos, justo cuando había salido a no fumar (no fumo, pero sí que me suelo tomar un respiro) veo llegar a María. Está guapísima con un vestido largo de verano y el pelo recién cortado de peluquería. Las uñas cuidadas y pintadas de color vino, un poco de colorete y un leve toque de brillo en sus labios. Menuda diferencia con la sombra de mujer que pedía las copas de anís de buena mañana hace poco más de un mes. No hay mejor medicina que la ilusión, para un corazón malherido, pensé.
Al verme sonríe y me pregunta:
- ¿Has visto a Luis?
- ¿A Luis? - le contesto mirándola extrañada - Si chica, ¡qué despistada estoy! Disculpa. Vino esta mañana por aquí.
- ¿Esta mañana? - me replica un poco contrariada - ¿Y entonces... no está aquí, ahora, esperándome?
- No. Vino esta mañana temprano y se fue sin desayunar - le contesté.
María, defraudada, se queda de pie delante de mí en medio de la acera. Sospecho que ella esperaba encontrarse con Luis en el bar. Al verle la carita de pena, de repente me acuerdo:
- ¡Calla! - le digo, golpeándome la frente - Me dejó un sobre para ti. ¡Qué despistada estoy! Espera y te lo acerco.
- Vaya. ¡Gracias! - me contesta María, todavía un poco confundida.
Entro rápido en la barra a por el sobre marrón que había dejado esta mañana en la caja y al salir me la encuentro con los brazos cruzados. Esperando. Mi instinto me dice que el hecho de que no esté Luis, la ha decepcionado.
- Toma - le digo dándole el pequeño sobre marrón.
- Gracias - me contesta mientras se gira ligeramente para abrir el sobre, apartándose un paso hacia la calzada, buscando un poco de intimidad cerca de un árbol.
A pesar de su maniobra, me doy cuenta de que le ha cambiado la cara al leer la carta que había dentro del sobre. Se ha girado hacía mi sonriendo de oreja a oreja, me ha dado las gracias justo antes de salir disparada a coger un taxi que, en ese momento, pasaba por delante. Y allí me he quedado yo, en la puerta del bar, con las manos en los bolsillos viendo cómo se alejaba el taxi y guardándome las ganas de saber qué había en ese sobre. En fin, espero que un día de estos, alguno de los dos se pase por aquí a contármelo.
"Hola María, estas últimas semanas me has hecho la persona más feliz del mundo y quisiera devolverte todo el cariño y el amor que me has dado, pero para ello necesito que confíes en mi. Ya sé que en el pasado, te han hecho mucho daño, pero quiero que eso quede ahí... en el pasado. Déjame ayudarte a volver a confiar en las personas, en los hombres y sobre todo en mí. Te espero en mi casa, a las tres.
Un beso.
Luis"
Mientras la relee por tercera vez en el taxi, María no puede dejar de sonreír. Lo cierto es que en las últimas semanas la relación con Luis se ha ido volviendo cada vez más importante para ella. Casi sin casi darse cuenta, cada día pasado con él ha resultado un día feliz. Desde que él le regaló esas magdalenas, mantuvo la promesa que le hizo aquella mañana y ha estado a su lado, ayudándola a superar su problema con la bebida y haciéndola sentirse como hacía mucho que no se sentía... sencillamente: una persona, una mujer.
El taxi se para al lado de la acera y María paga la carrera, saliendo justo enfrente de la dirección que indica la carta. Una pequeña casa, sencilla pero aseada, con unos macizos de flores delante. "Confianza", le pedía Luis. Era tan difícil después de todo por lo que ella había tenido que pasar. Recuerda cómo su matrimonio derivó en un infierno de malos tratos, golpes y gritos... pero todo eso quedaba en el pasado. El presente y quizá el futuro, estaba esperándola dentro de esa casa. Se ajusta el bolso y camina decidida hacia la entrada.
Está a punto de llamar al timbre cuando ve otro sobre, un poco más grande pegado a la puerta. Lo abre y dentro descubre otra nota y un pañuelo:
"María, confía en mí. Véndate los ojos con el pañuelo y llama al timbre. Luis".
No está preparada para esa sorpresa. ¿Confianza y además ciega? ¿No estará pidiéndome demasiado? Bien es cierto que había sido ella la que le había estado dando largas a este encuentro desde hace unos días. Necesitaba estar completamente segura de lo que quería hacer. María se queda pensativa con el pañuelo azul salpicado de estrellas blancas, en la mano, parada delante de la puerta. ¿Qué querría de ella, Luis? ¿Cómo se atrevía a pedirle todo eso, sabiendo además cosas de su pasado que no se había atrevido a contar a nadie más? Se tiene que sentar en un pequeño banco que hay en la entrada. Con el pañuelo en su mano todavía, recuerda el pasado que gracias a este hombre parecía muy lejano. Golpes y maltratos, humillaciones, sentirse menos que nada, una inútil... a punto estuvo entonces de ceder a todo y de perder hasta la poca dignidad que le quedaba después de tanto tiempo soportando ese infierno. Menos mal que su exmarido, un día como otro cualquiera se fue, dejándola sola y malherida, pero viva. Todavía tuvo que pasar mucho tiempo sola, dudando hasta de ella misma y de si habría hecho bien las cosas hasta que ese día Luis la rescató de su propio olvido. Hasta que él supo ver debajo de las capas de desesperación a la mujer que ahora estaba sentada dudando delante de su puerta. Y si él había sido tenido la paciencia y la intuición necesarias, si había sido capaz de descubrirla debajo de todas esas capas de dolor... Si la había ayudado con toda esa paciencia y cariño, ¿qué tenía ella que decir? ¿Cómo podía, ahora, desconfiar del hombre que la había rescatado de sus propios fantasmas?
María se puso lentamente en pie y plantándose decidida delante de la puerta, se ató la venda a los ojos y pulsó el timbre. A lo lejos, se escucharon unos pasos y la puerta se abrió. Un olor conocido. A lo lejos empezó a sonar "The Touch of Your Lips" de Chet Baker ...
- ¡Hola, Luis! - saludó María a una sombra delante de ella.
- ¡Hola, María!, me alegro de verte. Gracias por confiar en mí. Bienvenida - le contestó Luis cogiéndola de la mano.
A partir de ese momento, María recuerda todo lo que sucedió como si fuera un sueño... y así es como me lo cuenta esta tarde de lluvia, delante del café que le acabo de poner en la mesa del fondo del bar.
-¿Sabes? - me dice María mirándome fijamente mientras, pensativa, le da vueltas al azúcar en su café - Sólo los recuerdos hermosos que podamos atesorar en la vida, consiguen calentarnos el alma cuando el frío nos aprieta el corazón. Tengo que confesarte que cuando recuerdo lo que sucedió aquella tarde de verano en esa casa aún desconocida, me siento extraña. Como si no hubiera sido yo la mujer que entró allí con los ojos vendados. Lo recuerdo todo con muchísimo detalle, pero como si lo hubiera visto en una película, en la que nosotros dos éramos los protagonistas.
- Verás - me dijo - y María empezó a contar...
.
..
...
Era esa hora perezosa y tan peligrosa de la siesta en verano, justo cuando los sentidos se relajan y se dejan llevar hacia lugares donde las sombras refrescan el calor y nos permiten agudizar los sentidos. Ella, menuda y graciosa, mirando hacia el suelo sin ver, hablaba con un hilo de voz al aire. No sabía en qué consistía el juego pero intuía que él estaba atento a cada una de sus palabras. Podía notar que se bebía su presencia con la urgencia del que ha esperado mucho tiempo ese momento. Se sentía observada, estaba segura de que la miraba sin perderse detalle: de sus manos, de su gesto, de los mechones de cabello que se escapaban rebeldes. Eso las mujeres lo saben con una sabiduría antigua.
Así que ella le dijo al aire, citando una vieja película:
- "Y si alguna vez ellos se vieran a solas, podrían quedar en una habitación a oscuras, donde él se las arreglarías para vendarle los ojos. Hablarían durante horas (o lo que fuera que sucediera). Y cuando todo hubiera terminado, simplemente podrían decidir si verse o no. Ya que, a veces, las historias no tienen porque terminar", ¿no crees?
El sonrió. No le contestó, pero cogió su mano firmemente y la ayudó a caminar. La guiaba girando de vez en cuando la cabeza, comprobando que la mujer que le seguía no era un sueño que fuera a desvanecerse en cualquier instante. Ella dio un ligero traspiés e intentó protestar, pero él le puso un dedo en los labios, acallando su protesta. Aprovechando la circunstancia, ella le dejó un beso en el dedo. Parece que habían llegado a su destino. Él la soltó de la mano y ella se quedó quieta, indecisa. Solo se movían sus mechones rebeldes y el precioso vestido largo que había elegido para la cita. Lo tenía desde hacía tiempo, pero nunca había tenido ocasión de estrenarlo. Estaba hecho con una de esas telas tan sutiles que parecen tejidas con briznas de esperanza. De repente escucha unos ruidos, parece que él ha ido a bajar un poco más una persiana para amortiguar el sol que, a esas horas, inundaba de luz las paredes blancas. No puede verlo bien, pero nota cómo poco a poco las sombras ganan terreno en la habitación. Esta se ha quedado en penumbra y puede sentir el aire más fresco en la piel de sus brazos. Ella nota cómo él la ha cogido otra vez de la mano y escucha cómo ha cerrado una puerta detrás de ellos. Con mucha suavidad la ha acercado hasta tropezar con lo que cree serán los pies de una cama. Ella no puede reprimir un escalofrío, se siente segura con él cerca, pero también se sabe frágil a la vez. Además solo puede intuir sombras, adivinar olores, pero no puede verlo. Esta indefensa. Lo escucha moverse detrás de ella y al instante, lo siente pegado a su cuerpo abrazándola delicadamente por detrás, con todo su calor, sus olores de hombre y le oye susurrar con su voz grave al oído:
- Háblame de ti. Quiero saberlo todo de la mujer que me ha hechizado. De la mujer valiente que ha aceptado mi reto. Quiero conocer tus dolores y tus penas, tus sacrificios, tus pérdidas. Quiero que me las des todas a mi, que me las entregues confiada, despojarte de ellas, robártelas, para poderlas perder yo por el camino que vamos a emprender juntos. Quiero que me pases el peso de tus fantasmas, quiero todos tus miedos. Te quiero desnuda de ellos para que así, limpia, sólo quede la mujer con la que quiero compartir el resto de mi vida.
Mientras él le dice todo esto con su voz grave muy cerca de su oído, siente cómo sus fuertes manos la estrechan, a través de la fina tela del vestido, en un abrazo cálido, inmenso, lleno de amor y de pasión. Y ella no puede reprimir que resbalen unas lágrimas por sus mejillas.
- No llores mi amor - le escucha decir, mientras besa cada lágrima de su cara.
- Lloro de alegría - le contesta ella - lloro porque soy feliz.
Y ella se abre, deja escapar toda la pena acumulada y empieza a hablarle de cuando era niña, de sus miedos, de sus temores, de sus esperanzas. De su adolescencia y esos sueños que quedaron abandonados en un rincón demasiado pronto. De su matrimonio, cargado de dolor y rabia. Y con cada confesión él desabrocha un botón del vestido y ella completamente abandonada a ese juego, se deja hacer. Él va dejando caer así, uno a uno, sus miedos. La despoja de sus temores a través de su propia confesión hasta que el vestido, por sí mismo, cae al suelo. Se ha quedado en ropa interior, pero él todavía no la toca. Tan solo leves roces en la cintura, en la espalda, cerca del pecho, un beso leve y suave en el cuello que la hace estremecer... Esa intimidad suave y dulce hace que ella empiece a notar la excitación en su piel, comienza a sentirse realmente deseada. Sabe que la está mirando despacio, que no tiene prisa. Intuye que él memoriza cada rincón de su piel, cada peca, cada arruga para hacerlas suyas y un cosquilleo en el estómago le anuncia esa sensación que hacía tanto tiempo que ella no era capaz de sentir. Puro y simple deseo. Él le pide que cuente sus miedos más íntimos, sus deseos prohibidos. Aquellos sueños secretos que nunca se ha atrevido a confesar a nadie y mientras tanto, con movimientos suaves y delicados la ayuda a desprenderse de su última defensa, su ropa interior... Ella lo siente muy cerca, puede oler su presencia animal contenida. Nota cómo sus movimientos agitan el aire de la habitación, cada vez más pesado y no puede evitar sorprenderse al sentirlo completamente desnudo a su espalda. Otro abrazo, esta vez más íntimo y sensual, piel con piel. Nota su sexo duro, expectante, buscando refugio entre sus nalgas. Refugio que ella le concede abriendo ligeramente las piernas. Con abrazo tan especial la acuna lentamente unos instantes y luego se separa. Vuelve a coger sus manos, llevándola hacia delante, hasta el borde de la cama y la ayuda a tumbarse. Ella ha decidido dejarle atravesar todas las barreras y dejarse llevar por sus manos cálidas, por su pasión.
El calor ha aumentado en la habitación y las primeras caricias consiguen excitar su piel. Intenta pudorosa tapar su sexo, pero él le aparta las manos suavemente y las guía hacía arriba, ayudándola a sujetarse en los hierros del cabecero de la cama y ella le obedece. Nota cómo sus pezones se van poniendo duros cada vez que él los roza suavemente. Siente cómo su cuerpo, que creía marchito para siempre, despierta con la urgencia del que quiere sentir cada vez más. No le importa la venda, es más, ha descubierto que le gusta la sensación de guiarse por otros sentidos, por la intuición, las ganas y no solo por lo que sus ojos puedan ver. Nota sus manos y el sexo de él rozarse contra sus muslos. Acerca una de sus manos y le agarra con fuerza, no está dispuesta a dejar que se escape este sueño también. Lo quiere duro y todo para ella. Delicadamente, sin hacer movimientos bruscos, como temiendo espantarla, él se acomoda a su lado y le susurra:
- Ahora vamos a soñar en voz alta. Hemos atravesado muchas capas de miedo y soledad cada uno de los dos por separado hasta llegar aquí, así que quiero conocerte bien. Quiero que me cuentes todo y que lo sepas todo de mí. Quiero regalarte un vestido de palabras, para cubrir tu cuerpo y que nunca más los miedos se apoderen de tu corazón.
Despacio, con miedo a despertar de esto que tanto se parecía a un sueño, ella ha acomodado su cabeza en el hueco de su hombro y agarrada a su sexo, ha empezado a recitarle despacio un viejo poema...
- Regálame un vestido de palabras
con el que cubrirme cuando tenga frío
en esos días que la angustia aprieta
el corazón se encoge y gana el olvido...
Y allá se quedaron, tumbados el uno al lado del otro, construyéndose un mundo nuevo sin prisas, con palabras que creían los dos olvidadas, abrigados solo por el calor de una tarde cualquiera de verano, que siempre ella recordará como el sueño más hermoso de toda su vida.
-¿No crees? - me pregunta María, dándole el último sorbo a su café, al terminar de contarme su historia.
- Espera que deje de llorar - le contesto mientras saco el pañuelo del bolsillo y me sueno estruendosamente - ¡Ay! - suspiro.
- Hola chicas - saluda Luís desde la puerta. ¿Nos vamos María? - le pregunta inclinando hacia un lado la cabeza - va a empezar la película.
- Si. Vamos. Dime que te debo - me pregunta María.
- Deja mujer - le contesto - Invita la casa.
- Pues muchas gracias. Hasta mañana.
- Hasta mañana pareja - les contesto mientras ellos ajenos ya a mi saludo, se van cogidos de la mano por la acera hacia el cine.
Mecachis, pienso, hay que ver esta mota de polvo que se me ha metido en el ojo... no hay manera de dejar de llorar... pienso mientras limpio la mesa.

San Valentín ( #HistoriasdeBar )
Hoy es un día señalado en el calendario de ventas de las grandes superficies comerciales. Al pairo de demostrar algo que no debería ser demostrado solo hoy, se empeñan en que hagamos alarde de un amor que más bien, creo yo, debería ser callado y cálido y no un huracán que arrase hoy con todo y luego desaparezca en el horizonte hasta no se sabe cuándo, ¿No sería mejor que fuese una suave brisa que, cada mañana despejase dudas e incertidumbres?, me pregunto.
Pero total, ¿y a mí, que mas me da?, pienso mientras vuelvo a escurrir la bayeta y acabo de limpiar las mesas de la terraza, que la obra de al lado me han puesto hechas un asco. Si es que se me va la pinza de vez en cuando. Cualquiera que me vea desde la otra acera pensará: mira, ya está otra vez de buena mañana y pensando en la mona de pascua, con la bayeta en la mano apoyada en la cadera y mirando al infinito elucubrando sus cosas, en su mundo. Trabajar detrás de una barra es lo que tiene... Aprendes a usar los tiempos muertos, pero a veces filosofas demasiado...
-Buenos días.- a mis espaldas, la voz de Luis, me despierta de mis sueños.
-Hola Luis, buenos días. Pasa, siéntate -le contesto- enseguida te pongo el desayuno.
Las pequeñas rutinas cotidianas se imponen a mis ensoñaciones y la maquinaria consigue ponerse en marcha. Cortado largo de café, una tostada con aceite y tomate, dos azucarillos y el periódico. Todos los días lo mismo desde hace mas de un año. Buena gente este Luis. Puntual, aseado, pero con una mirada que, a veces lo he sorprendido fugazmente, me indica una gran tristeza acumulada.
Sin embargo hoy, hay algo distinto.
-Hueles bien. ¿Has cambiado de colonia? - le pregunto cuando me acerco a llevarle el desayuno.
-Pues si. Que detallista eres. -me contesta con una sonrisa de oreja a oreja. Y entonces lo veo a su lado: un pequeño paquete de color rojo atado con un lazo oscuro y... claro: hoy es San Valentín.
- ¡Un regalo! Gracias chico, es todo un detalle de tu parte acordarte del día de hoy - le comento, bromeando
- Uy, disculpa. No. Yo... - tartamudea, indeciso.
- ¡No hombre, no!. ¡Que era una broma!. Tranquilo. -le contesto rápido, para que no siga apurándose. Ahora - insisto suavemente - como no le guste, ya sabes dónde estoy hasta la hora de las comidas,¿ eh? - y le guiño un ojo, riendo.
- Ja,Ja,Ja... Que bromista eres, me contesta, antes de darle un sorbo a su café, rojo como un tomate.
Una vez que le he gastado la broma, me vuelvo a la barra que ya empieza a entrar la parroquia de habituales. Entre cafés y bocadillos, lo veo como alarga el tiempo del desayuno, mirando el reloj de vez en cuando. Y, de repente, alza la nariz de su tostada y sonríe mirando a la puerta. No puedo dejar de seguir las señales de colorines que envían sus ojos y me sorprendo al ver a María en la puerta que como siempre, entra sin saludar, mirando al suelo.
Siempre he pensado que menudo hijo de puta tuvo que ser el cabrón de su marido para dejar hecha una piltrafa a una mujer tan bonita. Desde hace varios meses la María que conocíamos todos cayó en un pozo sin fondo y la mujer enérgica, capaz de llevar ella sola el despacho de pan, la que todos saludábamos y apreciábamos, desapareció tras la sombra de la persona que entraba cada mañana a por su café y últimamente a por su copa. Ya se lo había comentado varias veces. Que era muy temprano para empezar el día con una copa de anís, sin comer nada. Pero ella solo me miraba fijo a los ojos y me enseñaba el billete para pagarme. Sin hablar, no hacía falta. Ella había tomado su decisión y su viaje diario hacia las sombras del olvido se alimentaba de ese licor. Todos la compadecíamos y en alguna ocasión algunos habíamos intentado establecer un dialogo con ella, pero nunca contestaba. Había decidido considerarse un muerto andante y hasta que no quisiera o pudiera salir por su propio pie de ese delirio, no admitiría que nadie la ayudase.O, al menos, eso era lo que creíamos todos en el bar.
Hoy ha vuelto a pedirme lo mismo pero cuando me he girado a buscar la copa, he visto reflejado en el espejo a Luis que se ponía a su lado un paso por detrás, silencioso y discreto. Al girarme me ha dado un escalofrió en la espalda, los he visto a los dos juntos por primera vez. El uno tímido, pero erguido, aseado y esperando a que María levantase la vista del suelo para coger su copa. La otra ausente, con una mano dejada caer sobre la barra, la viva imagen de una mujer derrotada por la vida. Entre los dos estaba el pequeño paquete que Luis había dejado en la barra. Le he puesto el café, pero al dejar la copa sobre la barra y antes de que abriera la botella, Luis la ha cogido y me la ha devuelto, enérgico, seguro.
- Hoy, creo que esto no hace falta.- ha dicho con una voz distinta.
María se ha quedado extrañada al encontrar el vacio del aire donde normalmente estaba su anestésico. Yo creo que no lo ha oído y que , por eso, le ha mirado extrañada. Ni fuerzas para protestar tenia.
- Hoy creo que será mejor que tomes esto - le ha dicho Luis, mientras le acercaba el pequeño regalo.
María se le ha quedado mirando como si no lo hubiera visto en su vida, un extraterrestre que había entrado hasta el fondo de su cueva y le hablaba en un lenguaje desconocido. Mientras procesaba lo que Luis le había dicho, ha mirado el paquete.
-Venga mujer - he dicho yo, para romper el incómodo silencio que se había producido en el bar -Ábrelo, que me muero de ganas de saber que es. - la he animado desde mi lado de la barra.
Parecía que el mundo se hubiera detenido. Los escasos clientes madrugadores, todos habituales, estaban pendientes de María. Hasta el molinillo de café ha dejado de hacer ruido esperando que ella regresase del fondo de sus sombras y deshiciese el nudo del paquete. María me ha mirado, y le he descubierto unos preciosos ojos verdes. Si esta mujer se cuidase un poco, he pensado...
Luis, a su lado, esperaba quieto. Lentamente, su mano se ha movido hacia el lazo, tocándolo despacio, con la punta de los dedos, como si no fuese real. Ha mirado a Luis y con los ojos le ha preguntado si, de verdad, el regalo era para ella. El, entendiendo sus miedos y su pregunta, solo ha empujado levemente el regalo hacia su mano. Sin palabras, María ha deshecho el lazo de raso y ha abierto la caja.
Dentro dos hermosas magdalenas de chocolate recién hechas, todavía desprendían el olor dulce del cariño con el que habían sido horneadas. El aroma del chocolate y el azúcar, el brillo de la masa esponjosa... Estaban diciendo cómeme...
-Creo recordar que te gustaban. Te vi comerlas más de una vez en el horno - le ha dicho Luis bajito, rompiendo el hechizo. Y me parece que es mejor empezar el día comiéndote una, o las dos si te apetecen, que con una copa de anís. ¿No crees?
María ha tardado una eternidad en reaccionar. Al final ha cogido una y la ha pellizcado para llevarse un trozo pequeño a la boca. Pero la cara le ha cambiado en cuanto la ha probado.
- Las has hecho tu? Le ha preguntado a Luis, sonriendo entre migas...
- Si, esta misma mañana.-le ha contestado él sonriendo de oreja a oreja.
-Están muy ricas. Te han quedado buenísimas - le ha dicho ella, sin poder parar de comer.
- Me alegro mucho de que te gusten.
Y, como suele decirse: un ángel ha pasado por encima de todos nosotros. Si pudiera describir la escena: veríamos a María con la boca llena de magdalena sin poder parar de darle pequeños pellizcos y llevándoselos a la boca con avaricia. Como una niña celosa de que se acabe algo tan rico. Como alguien que ha redescubierto un placer olvidado. Luis mirando como ella se la comía, sonriendo feliz. Los dos descubriéndose con miradas que perdieron, cada uno en su pasado.
-Bueno -he dicho yo, rompiendo el hechizo- se me disuelva la manifestación. Poneros en la mesa que se me va a llenar la barra - les he dicho sonriendo.
Luis ha cogido el café con una mano y el codo de María delicadamente con la otra. Ella agarrada a su regalo se ha dejado llevar hacia la mesa. Antes de sentarse, Luis ha vuelto a la barra y devolviéndome el periódico me ha dicho:
-Creo que hoy ya no lo voy a necesitar.
Una preciosa sonrisa se ha dibujado en su cara cuando le he guiñado el ojo, antes de coger la bayeta, limpiar la barra de migas de magdalena y pensar para mis adentros:
-¡Joder! Se me ha metido algo en este ojo... Cachis... Ya no lo recordaba, pero hay días que me encanta este trabajo.
Imagen tomada del Blog: Alma de Azúcar.
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1. f. Fís. Medida del desorden de un sistema. Una sustancia con sus moléculas regularmente ordenadas, formando un cristal, tiene entropía mucho menor que la misma sustancia en forma de gas con sus moléculas libres y en pleno desorden.
2. f. Fís. Magnitud termodinámica que mide la parte no utilizable de la energía contenida en un sistema.
3. f. Inform. Medida de la incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales se va a recibir uno solo.
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