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La Coctelera

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Sobre caminos, sueños y entropías...

29 Marzo 2014

Vértigo

- Espera, no cierres, por favor!!!

El grito llega justo a tiempo. Pongo la mano en la célula fotoeléctrica y las puertas del ascensor vuelven a abrirse.
- Gracias - me dice una sofocada desconocida-. Creía que no llegaba, no es fácil correr con taconazos y esta falda tan estrecha...

Estrecho si. De pronto la caja del ascensor se convierte en un espacio muy pequeño. Ella no es muy alta, uno sesenta y algo, más o menos. Morena, melena rizada, vestido negro con la falda por la rodilla, taconazos y medias negras. Un pañuelo tapando estratégicamente su generoso escote; labios rojos y sensuales, manos pequeñas con las uñas cuidadas y pintadas del mismo color que los labios. Unos discretos pendientes, un bolso de marca y un buen reloj completan su atuendo.

- ¡Oye! - Su voz me devuelve a la realidad después de la radiografía - ¿Estas sordo? ¿Me puedes decir a que piso vas, por favor?

Está muy guapa con el ceño fruncido, pero su gesto de enfado me sugiere que conteste rápidamente.

- Discúlpame, no te había oido. Voy al último piso - le contesto educadamente, esperando que no se me haya notado mucho el rápido repaso que le he dado a su aspecto.
- Menos mal que has despertado... - me contesta, mirándome de reojo y con cara de pensar que, seguramente estoy un poco atontado, lo cual me provoca una media sonrisa.

Ella pulsa el botón del último piso de la Torre: el 65, y me da, orgullosa, la espalda dejándome sin saberlo que acabe de componer completa, su imagen.

El ascensor cierra las puertas y empezamos a subir los dos solos hasta el último piso de la torre más alta de la ciudad. Ella sigue de espaldas mirando fijamente las paredes de cristal muy concentrada en su enfado. De pronto se gira y me pregunta a bocajarro:

- Oye... Porqué las paredes son de cristaaaaaaaallllllllll????

Un grito inhumano ha salido de su garganta, cortando la pregunta que estaba haciéndome. Parece mentira que un cuerpo tan menudo pueda tener esa potencia vocal - pienso - ¡Me ha dejado sordo!. Y eso no es todo, de un salto se ha agarrado a mi brazo y está clavándome las uñas con todas sus ganas.

- Auuuuu! - Ahora soy yo el que grita, pero parece que mi grito no le afecta lo más mínimo - ¿Pero que te pasa?

- Ascensor. Cristal. Subir... ¡Vértigo! - acierta a gritarme, mirándome fijamente aterrorizada.

Miro a mi alrededor y entonces la entiendo: el ascensor va por la planta tres y desde ese piso hasta el 65 es exterior. Un minúsculo prisma de cristal subiendo lentamente pensado para que se puedan admirar las vistas de la ciudad. Una delicia para cualquier persona... salvo que sufra de vértigo.

- ¿No sabias que era un ascensor panorámico? - le pregunto, a la vez que aprovecho para acercarme un poco más a su cuerpo, que tiembla como una hoja - Se construyó precisamente para eso, para disfrutar del paisaje. Precisamente ahora al atardecer, es cuando las vistas son más bonitas. Mira - le sugiero.

- No. Por favor - me ruega, mientras entierra su cara en mi pecho - no me hagas mirar. Sufro de vértigo y para mi es horrorosa esta situación. ¿Por qué piso vamos? - me pregunta mirándome directamente. Y puedo ver el terror pintado en el fondo de sus preciosos ojos verdes

- Piso 10 - contesto. Y se estremece. - Todavía faltan más de 50 pero todo está bien - le digo intentando transmitirle seguridad. A la vez que le paso mi brazo libre por encima del hombro, quedando así estrechamente abrazados y puedo comprobar que huele muy, muy bien. - Venga mujer, tranquila, que este ascensor es completamente seguro. Lo sé bien, porque es un diseño mio.

Al escucharme decir eso, sus ojos se convierten en dos estrechas ranuras que destilan un inmenso odio hacia mi persona, me temo.

- No se puede decir que sepas como tranquilizar a una chica en estas situaciones - me contesta con voz enfadada - al subir a este odioso ascensor me has parecido un pelín atontado y ahora, en medio de un ataque de pánico, ¿solo se te ocurre decirme que esta trampa mortal, la has diseñado tú?... te estás cubriendo de gloria chaval.

- Pero, lo he conseguido ¿Ves? - le contesto sonriendo. Sin soltarla del abrazo, claro. Me gusta sentir su calor. Al acercarse tanto, al estrecharse contra mí la profundidad de su escote ha adquirido dimensiones verdaderamente peligrosas... Un abismo tentador que me encantaría explorar despacio. Puedo notar su respiración agitada contra mi pecho y eso me excita todavía un poco más. Mi mano libre ha recorrido su espalda, suavemente, notando los finos tirantes de su ropa interior. Son dos hilos finos, lo que me lleva a imaginar puntillas delicadas y sutiles... y eso sigue excitándome un poco más. Me temo que de un momento a otro y dada la cercanía de nuestros cuerpos va a ser imposible disimular mi incipiente erección. Y este ascensor panorámico no se caracteriza por su rapidez...

- ¿Qué has conseguido? - me replica, todavía enfadada pero un poco más interesada. Ha relajado la presión sobre mi brazo, sin embargo sigue muy cerca y no rechaza mi estrecho abrazo. Me mira fijamente, muy seria. Y esta preciosa, tentadora.

- He conseguido distraer, un poco, tu atención y hemos avanzado hasta el piso quince. Al volcar toda esa ira sobre mi te has relajado y has olvidado tu problema. Ahora me miras de otra forma, creo que ya no te parezco tan atontado. He captado tu atención y, a partir de ahora, quiero que te relajes y te concentres solo en mi voz - mientras le cuento eso, mi mano ha ido bajando estratégicamente por su espalda hacia territorios más emocionantes...

- Vale. Si. Es cierto... Pero como no quites de inmediato tu mano de mi culo, por mucho vértigo que tenga, la hostia que te vas a llevar va a hacer temblar este ascensor. ¡Listillo!.

- Ja, ja,ja... - su mirada furiosa y el tono de sus palabras me han hecho reír, y subir la mano. Pero no he relajado el abrazo - De acuerdo me has pillado, pero tan solo era para distraerte otra vez. ¿No te das cuenta?, cada vez que consigo distraerte, han pasado varios pisos...

Sus ojos me dicen que no está segura de si lo que le estoy contando es una milonga o si, efectivamente, mis trucos funcionan. Ya vamos casi por la mitad del camino y quizá el darse cuenta de ese detalle le ayuda a relajarse un poco.

- Bueno - admite a regañadientes - quizá tengas razón. Y que esto del vértigo tan solo necesite distracción para que lleguemos arriba, pero como se te ocurra...

No la he dejado terminar. Para reñirme con convicción ha tenido que mirar hacia arriba, a la cara directamente y no he podido resistirme... Tan solo he tenido que bajar un poco la cara, sus labios son suaves y tentadores. El primer beso es un poco brusco, pero poco a poco se va relajando, sorprendentemente no me ha rechazado, más bien todo lo contrario, y me deja hacer. Me la he jugado a una carta y me ha salido el as. Estaba tan cerca, tan frágil y tentadora, que no tenía elección... Me separo un poco y veo que ha cerrado los ojos.

- ¡Funciona! - le digo suavemente - Ves como mi...
- ¡Cállate y bésame, tonto! - Me replica, rápidamente, sin abrir los ojos. Acercando su cuerpo al mío un poco más - necesito distraerme. Me gusta como besas y como hueles...

Sus deseos son órdenes, pienso, mientras la estrecho un poco más entre mis brazos, notando como su cuerpo se relaja poco a poco, beso a beso... Sus brazos me han rodeado el cuello y una pierna se mete entre las mías subiendo lentamente. A estas alturas (nunca mejor dicho) mi erección es más que considerable e inevitablemente, su rodilla roza mi parte más sensible... y compruebo como es capaz de sonreír mientras me besa.

- Puedo comprobar que no te afecta el mal de altura - me dice mientras me mordisquea el labio inferior, sonriendo traviesa - me gusta lo que noto a través del pantalón.
- A mi me encanta lo que noto a través de tu falda - le contesto, acariciando su espléndido trasero.
- Al final va a resultar interesante este viaje - me replica, susurrando mientras muerde suavemente mi oreja y me acaricia la nuca.
- ¿También vas a la fiesta? - le pregunto, bajando mis labios por su cuello, en dirección sur, hacia su escote.
- Si. Pero, recuerda que debes mantenerme distraída. ¿Cuántos pisos quedan? - pregunta, mirándome fijamente a los ojos comprobando mi reacción, mientras libera mi brazo y con la palma de su mano, me acaricia por encima del pantalón, mientras echa ligeramente el cuello hacia detrás aceptando mis besos explorando su escote.
- Piso 40. ¿Ves? Mi táctica funciona - le digo acariciando su pecho por encima de la tela del vestido.
- Y la mía, también. No queda nada para llegar, ¿verdad?...
- Muy poco -le contesto. Justo antes de coger su nuca y atraer sus labios otra vez hacia los míos dispuesto a ponernos azules por la falta de oxigeno. Un beso de los de película, que ella se esmera en replicar. Las lenguas buscándose en una danza frenética. Los dientes aplicándose en mezclar placer con la dosis justa de dolor.

Su cuerpo reacciona de manera involuntaria, me aprieta contra el cristal del ascensor, su sexo contra el mió. La respiración cada vez más acelerada y el ascensor casi llegando a su destino. De repente, ella se aparta, volviéndome a coger del brazo para no caer. Me mira muy seria y se inclina. Por un instante se suelta de mi, se mete la mano por debajo de la falda y empieza a estirar moviendo las caderas. Un pequeño tanga negro, asoma por el borde inferior de su falda. Piso 58. Levanta un pie, luego el otro. Y me pone el minúsculo trozo de tela delante de la cara.

- ¿Lo ves? - me pregunta sonriendo maliciosa. Mientras me abraza fuerte de nuevo. No puede ver a su alrededor y se concentra en mirarme fijamente a los ojos.
- Casi no. Es muy pequeño y de un precioso encaje. - le contesto sorprendido, mientras de reojo miro el panel de control: piso 60.
- Muy gracioso - replica con un mohín - toma - me dice muy seria, mientras mete el tanga en el bolsillo de mi americana - al terminar la fiesta, te espero en la puerta del ascensor, ya que te necesito para volver a bajar. Pero dado que te gusta jugar, he pensado que voy a jugar un poco contigo.

Me vas a ver en la fiesta, pero te prohíbo acercarte, o soy capaz de bajar andando. Me podrás mirar, me escucharás reír, olerás mi perfume. Cuando estés distraído, pasare cerca para recordarte con el movimiento de mis caderas que te estoy esperando mojada, excitada, y no llevo nada... - y mientras se me insinúa, coge mi mano y la acerca a su sexo por encima de la tela - vas a sufrir durante toda la fiesta sabiendo lo que sabes pero sin poder tocarme - me dice antes de soltar mi mano.

Piso 65. ¡Pling¡. La campanilla nos avisa de que el ascensor ha llegado al final del trayecto. Justo antes de que se abran las puertas del ascensor, ella me acaricia suavemente la mejilla, empujando mi mandíbula inferior con un dedo para ayudarme a cerrar la boca. Se alisa la falda y en unos de esos movimientos tan femeninos se atusa el pelo y recoge su bolso del suelo.

Se suelta de mi brazo y justo antes de salir, se gira un instante para ponerse la mano en el culo y decirme:
- Empieza el juego. Recuerda cual es el premio... ¡Hasta luego listillo!.

Al abrirse las puertas, la música, el humo y el ruido de la fiesta inundan el pequeño cubo de cristal. Ella sale rápidamente, antes de que entren dos parejas en el ascensor.

- ¿Vas a bajar? - me preguntan.
- ¿Eh?, no, no. Quiero salir, por favor - les contesto distraído, mientras meto la mano en el bolsillo de la americana rozando el delicado encaje, acariciándolo, enredando el dedo en el hilo, como si fuese un amuleto y salgo justo un segundo antes de que se empiecen a cerrar las puertas.

Todo lo que sube, tiene que bajar - me digo a mi mismo en voz baja, mientras, al fondo del pasillo, puedo observar un precioso culo que se aleja, insinuante, hacia la fiesta...

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3 Marzo 2014

Chocolate con sal. (#HistoriasdeBar)

Tras un largo día de trabajo, la aburrida y conocida autopista, me devuelve a casa y me permite activar el control de velocidad, que conecte el "piloto automático" y me relaje por fin, conduciendo rumbo sur con el mar a la izquierda y el sol cada vez más bajo en el horizonte. A la altura de Benicassim justo cuando iba a cambiar un aburrido programa de la radio por un CD de Ben Webster, he escuchado una voz que llamó mi atención al mencionar distintos tipos de chocolate. Justo antes de poner el CD, hablaba sobre el Chocolate con Sal...

Ha sido empezar a escuchar "Tenderly" y mi mente se ha puesto a recordar... el paisaje desaparece en otros horizontes que proceden del pasado, y yo ya no estoy conduciendo hacia casa. He vuelto a Formentera, y estoy... estamos en aquella pequeña habitación del Sa Vinha, el hostal de Pepe Mayans en Es Pujols. A esas paredes blancas y al reflejo azul del mar entrando por la ventana. Solo teníamos tres días y habíamos decidido escapar, Rita del bar y yo de la furgoneta y del café... Nos apetecía estar juntos y, sobre todo, solos, por primera vez. Casi todo estaba por descubrir entre nosotros. Nuestros gustos, los defectos. Todo era nuevo y excitante. El Sol, la playa, tu cuerpo, esa sal sobre tu piel y el deseo que florecía en nuestras miradas...

Aquella última tarde la siesta se resistía. Fuera se escuchaban las chicharras y, a lo lejos, las olas rompían contra la playa. Yo me acababa de duchar, intentando mitigar el calor, y al salir del baño con la toalla alrededor de la cintura, allí estabas tú, desnuda y radiante, tumbada boca abajo sobre las sábanas blancas, mordiendo pequeños trocitos del chocolate con sal de las salinas que habíamos comprado esa mañana en el mercado del Pilar. De la Mola...

- ¿Está rico? - te pregunté, mientras me secaba el pelo con la toalla.

- ¡Muy bueno! - me contestaste, sorprendida, girándote un poco y dejándome así, contemplar tu precioso costado. Repasé con la mirada en silencio, la curva de tu hombro, la perfección de tu pecho adornado con ese pezón moreno, erguido  y desafiante, tus caderas y esas interminables piernas. Al llegar a tus pies tu voz me sacó de la ensoñación - si quieres tendrás que darte prisa; es tan fino que, con este calor, se me derrite en los dedos. Toma - me dijiste, acercándome una pequeña porción.

Y claro que la cogí: pero fueron tus dedos llenos de chocolate mi objetivo. Primero el pequeño trozo, y luego el resto que se había quedado pegado en tu piel por el calor. Extendiendo tu dedo índice y mirándote a los ojos, me dediqué a lamerlo con todo mi entusiasmo. Lentamente, pasé al dedo pulgar y me entretuve entre los otros dedos... consiguiendo llamar tu atención...

- Imagínate - te dije, mientras te ayudaba a darte la vuelta y ponerte boca arriba, cómodamente en la cama - que con el calor que hace... ¿qué sucedería si reparto pequeños trocitos de chocolate por tu todo cuerpo...?.

-No sé... - contestaste con falsa ingenuidad, mientras te acomodabas una almohada - ¿qué crees que pasaría Andrés? - me preguntaste con un mohín, mordiéndote a continuación, el labio inferior...

- Yo creo que si colocamos un trocito aquí, cerca del corazón... Y mientras hablaba cortaba un pequeño trozo que dejé de lado, suavemente, en la cima de tu pecho, apoyado en el pezón que, obediente reaccionó inmediatamente a mi suave caricia - Si te estás quieta no tardará mucho tiempo en derretirse. Entre el calor de tu piel y la calina de mediodía... entonces creo que debería ocuparme de él... - te dije susurrando mientras, mirándote a los ojos, acercaba la punta de mi lengua para lamer tu pezón donde el chocolate había empezado ya, a derretirse...

Recuerdo perfectamente como tu sonrisa me guió para atender el deseo que, urgente, brillaba en tus ojos. Mi lengua hizo que tus pezones reaccionaran inmediatamente. Y fue tu boca y tu propia lengua la que buscó la mía para disfrutar también del sabor del chocolate robado en tu piel.

El calor subió varios grados, cuando se me ocurrió dejar otro trozo cerca de tu ombligo... Recuerdo que ahí se derritió todavía más rápido, y entonces tuve que apurar el último trozo que dejé delicadamente, en la cima de tu monte de Venus. Tu sexo sin vello, suave y tentador, era la superficie perfecta para dejar que el chocolate fuera derritiéndose lentamente, expandiéndose sin pudor. Los juegos, nuestras manos, nuestro sudor, ya habían conseguido elevar la temperatura de tu cuerpo de tal manera que en cuanto la fina lámina de chocolate reposó sobre tu piel, empezó a derretirse. Y claro,... me vi obligado a instalarme cómodamente entre tus piernas. El lugar que siempre había querido adorar de cerca. Fue un placer dedicarme a lamer esa piel tan delicada, a recoger con mi lengua y mis dedos las pequeñas gotas de chocolate que se deslizaban perezosas entre tus labios. Las de tu boca que urgente me reclamaba a veces y las otras que, cada vez más húmedas, eran el termómetro perfecto para medir la temperatura de nuestra pasión.

Lamer, chupar, morder... en esos instantes mi mundo se resumía en atender, dedicado, tus necesidades. Tus urgencias eran mis prioridades. Tu respiración alterada y los movimientos de tus caderas se acentuaban a cada caricia de mi lengua sobre tu sexo, buscando tu clítoris que estaba cada vez más caliente y excitado. Deslizaba mis dedos de abajo arriba, buscándolo, acariciándolo con delicadez para luego introducirlos muy despacio en tu sexo, sacarlos mojados de ti y chuparlos con devoción. No podías resistirlo más y te incorporaste, sentándote en el borde de la cama temblando de excitación. Con la piel brillante de sudor, las piernas abiertas y mi cabeza entre ellas. Yo de rodillas, delante de ti adorándote y devorando el poco chocolate que aún quedaba en tu piel... No me hizo falta mucho más para vencer tus últimas defensas. Y al dejarte caer hacia detrás gimiendo de placer, mientras me estirabas del pelo, declarabas tu incondicional rendición y tus ganas de que no terminara nunca esa tarde...

Y en verdad fue una tarde larga y luego una noche fresca, lo que nos ayudó a reponer fuerzas. Un baño a la luz de luna, una cena romántica y de postre... un recuerdo maravilloso.

El saxo de Ben Webster suena junto al piano de Oscar Peterson en Hannover allá por el año 1972 mientras una racha de aire hace que deje de soñar, agarre con fuerza el volante y me vuelva a concentrar en la carretera. No queda nada para llegar a casa. Una ducha, me cambio de ropa y todavía llegaré a tiempo de recoger a Rita en el bar. Mañana libra y creo que le gustará el sitio donde vamos a cenar. De allí a su casa hay un paso y esta vez me he asegurado de comprar suficiente cantidad de Chocolate con Sal...

(Imaginado con la complicidad de @eva_bruixa )

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16 Febrero 2014

La cabaña.

Suspiró profundamente y recogió de la mesa dos cubiertos y dos platos que limpió con mucho cuidado. Sin quitarse los guantes de fregar, recogió las bolsas de basura y las dejó abiertas en la parte de atrás de la cabaña. A lo lejos se podía escuchar como aullaban, hambrientos, los coyotes. El invierno estaba muy cerca, empezaba a levantarse un viento helado y un escalofrío involuntario recorrió su espalda.

Fue una gran idea alquilar esta cabaña tan aislada. Así, los dos solos, habían tenido tiempo para aclarar sin estridencias ni testigos incómodos, todos esos "malentendidos" que en principio fueron malas palabras, insultos, gritos y amenazas pero que con el paso de los años, se fueron transformando en golpes esporádicos y, sobre todo, un metódico e intenso maltrato psicológico que hacía imposible la convivencia. Afortunadamente, había resultado mucho más fácil de lo que creía en un principio: ya estaba todo resuelto y lo mejor es que todavía quedaban tres semanas de alquiler pagado. Sería tiempo más que suficiente. Recorrió el salón con la mirada, antes de juntar la puerta, sin cerrarla del todo. Bajó silbando bajito, alegre, hasta la orilla del lago, cogió dos piedras, se ajustó la cazadora, subió a la canoa y usando el mango del hacha se separó del embarcadero.

La usó para remar y llegar al centro de la corriente. Allí la dejó caer, ensangrentada, por la borda viendo como se hundía, rápidamente, hasta el fondo. Entonces se quitó los guates, metió una piedra en cada uno, hizo un nudo y los lanzó bien lejos. De pié en la canoa se detuvo un instante a contemplar el paisaje disfrutando del silencio, respiró hondo, cogió el remo y se alejó, sola, en busca de una nueva vida.

Versión larga del Microcuento presentado al concurso de La Ventana de la Cadena Ser.

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30 Enero 2014

Pero esta vez ella lloró...

Pero esta vez, ella lloró; aunque por la sonrisa que luce ahora su rostro, entiendo que por fin, son lágrimas de alegría.

Recuerdo las veces anteriores en las que no ha sido así. Hemos pasado muchos meses de sufrimiento. Días sin comer, noches en vela que nos dejaban con los nervios rotos... veintiuna veces. Se dice pronto, pero son demasiadas veces para cualquiera. Y casi consigue destrozarnos.

Pero creo que la sonrisa en su dulce rostro esta mañana rebela que, por fin, lo hemos conseguido. Los análisis que nos acaban de dar confirman que hemos ganado la batalla al cáncer.

> Microcuento presentado a la semana 14 del VII Edición de Relatos en Cadena de La Ser

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18 Enero 2014

La nota (#50Palabras) 3º

La nota

Encontró la puerta entreabierta, empujó suavemente y entró.
-¿Estas ahí? -preguntó asustada.

Silencio. Entonces vio la nota y una silla en mitad de la habitación. Se acercó y comenzó a leer:

"Te estoy observando. Si quieres seguir jugando, desnúdate, siéntate y déjate llevar...".

Ella asintió sonriendo. Y entonces se despertó.

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Mi tercer cuento publicado en 50 palabras [ web ]

Tags: 50palabras

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5 Enero 2014

Un lugar en el mundo.

Desde siempre, he tenido un sueño. Uno de esos grandes, que se intuyen casi imposibles de conseguir, de los que siempre te acompañan y que, en los malos tiempos, son como aquella luz que divisas a lo lejos en el bosque... como quien dice: la última esperanza a la que poder agarrarse.

Siempre he mantenido la ilusión, he soñado que algún día encontraría ese lugar en el mundo a donde siempre puedes volver. Ese rincón donde sabes que, por muy lejos que te hayas ido, siempre podrás regresar para descansar después de la tormenta; desde donde puedes disfrutar de las mejores puestas de sol; donde compartir esos momentos especiales con la gente que de verdad te quiere y te aprecia, sin prisas pero con la nevera eternamente llena de lo necesario para alimentar ese cariño, esa amistad, ese amor.

Durante mucho tiempo, soñé con una casa en medio del monte al final de un camino de tierra, pero cerca del mar. Donde no importara lo alto que pusiéramos la música o lo largas que fueran las noches, ya que no podríamos molestar a los vecinos. Con un gran porche donde disfrutar de las veladas de verano y una chimenea para dejar fuera el frío del invierno o ese otro, terrible, que se aferra a los corazones heridos.

Sin lujos, sencilla. Blanco en las paredes, azul en las ventanas y cemento en el suelo. Con muchos colchones hinchables por si las visitas, grandes armarios llenos de mantas, toallas y velas, una terraza donde tomar baños de sol o de luna con estrellas y un paellero, donde disfrutar cocinando para todos. En el patio, una sombra de cañizo y en el camino de entrada una higuera. Algunos olivos y un gran pino en la parte de detrás.

Un sitio donde sobren los zapatos y que siempre me mantuviera anclado, una brújula que supiera donde está mi norte y donde mis amigos tuvieran la certeza que, por muy mal que se dieran las cosas, jamás se apagaría la bombilla sobre la entrada, señalando el camino hacia un refugio seguro...

Pero el tiempo me ha enseñado que también todo eso es innecesario... y, a la vez creo que me ha mostrado ese lugar soñado, siempre abierto y accesible a todos con quien de verdad, tengo algo que compartir. Está eternamente abierto, tiene la luz siempre encendida. Es fresco en verano y caliente en invierno, sea cual sea la fecha del año en la que quieras visitarlo.

Es tu casa, viajero; es tu refugio soñadora; es el hogar construido con mimo y paciencia. Con la inconsciencia de la intuición. Paso a paso, imagen a imagen, letra a letra.

Bienvenidos amigos, a mi universo digital, mi casa en la nube, mi castillo inexpugnable. Mi mejor yo. Que es todo tuyo.

Se bienvenido al llegar y ve con todas las bendiciones al partir. Nadie te dirá nada ni te pedirá nada (ni siquiera explicaciones), estés el tiempo que estés.

Cada una de las personas con las que me he tropezado hasta ahora en estos enormes y frágiles universos digitales, ha dejado su recuerdo (un dibujo, una sonrisa, una emoción, una idea, unas letras...) que son los ladrillos y el cemento con los que están construidas las paredes invisibles, pero firmes, de esta vuestra casa, nuestro refugio.

Bienvenidos.
Bienhallados.
Gracias por compartir este tiempo que nos ha tocado del viaje.
Gracias por leer.

Tags: vida, suenos

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4 Enero 2014

Bahati Mzuri! (Buena suerte).

El monte Kenia ofrece un impresionante espectáculo desde el aire, adornado por las innumerables tonalidades de verde que salpican el paisaje. Estamos cerca de nuestro destino y el avión, volando a baja altura, nos deja disfrutar de la belleza del paisaje africano. El largo trayecto me ha permitido dormir un poco y hasta creo que he soñado con él, subiendo a la Laguna Negra muy temprano, antes de que los turistas la invadan.

Nos gustaba la paz que se respiraba en ese lugar. El silencio, que casi se podía tocar, mientras estábamos sentados frente al impresionante circo de piedra y la lamina de agua oscura en esas horas iniciales del día, cuando el sol aun no ha disipado del todo la bruma de la noche. Entre la niebla y los enormes pinos creo haber visto la Shuka roja de Omboni, su porte distinguido, su sonrisa sincera, hasta me ha parecido ver como me saludaba con la mano... pero al despertar me doy cuenta de que sigo sentado en el avión que nos devuelve, a los dos, a su tierra. Su recuerdo viaja dentro de mi corazón y sus cenizas en la maleta que está en la bodega. Bueno, sólo la mitad. La otra parte ya se han quedado entre las raíces de un enorme pino que hay cerca de la que fue la granja de mis abuelos, en Santa Inés, una aldea abandonada al norte de Vinuesa en Soria. Esta otra mitad las devuelvo, personalmente a Una, su pueblo natal, para esparcirlas tal y como él me pidió delante de una higuera cualquiera en la ladera del Monte Kenia, el lugar mas sagrado para su tribu.

Me contó mi abuelo que un día de otoño, de hace muchos años, apareció por el pueblo aterido de frio y muerto de hambre. Más flaco que una sombra, buscaba trabajo, pero nadie le quiso ayudar. Él, se lo encontró esa misma tarde al volver de la taberna, sentado en una piedra al lado del camino. Dice que tan sólo le miró y al ver la desesperación y la soledad pintadas en sus enormes ojos se lo llevó a casa sin decir palabra, le dio de comer y le dejó un rincón donde dormir en el establo, encima de los animales. Que poco podía imaginar entonces el abuelo Tomás que ese gesto de caridad había hecho a Omboni, la persona mas feliz de la tierra. A la mañana siguiente, antes de salir el sol, se lo encontró, orgulloso, digno y dispuesto a ayudar en las puertas del establo. Vestía la Shuka roja que un Masai le regaló y una vara larga que se había fabricado. A lo largo de ese día y de todos los que vivió y cuidó de mis abuelos y de sus vacas, les demostró su enorme valía como pastor y su cariño y agradecimiento como persona, por haberle ayudado aquel día dándole un hogar tan lejos de su casa.

El avión esta girando y la luz del sol entre las nubes, me trae a la memoria recuerdos de los veranos pasados en la granja. Aquellos días en los que todavía era un chiquillo y que entonces me parecían eternos, paseando libres al ganado por el monte los dos solos, durante todo el día. Disfrutando del sol y de las sombras de los pinos, de los ladridos de los perros y las esquilas de las vacas, escuchando antiguas historias de guerras entre los Kikuyu y los Masai. Omboni me contó las viejas leyendas des su tribu sobre su dios Ngai, el hacedor de todas las cosas que vive oculto entre los riscos y las quebradas del Monte Kenia. Días felices donde aprendí gracias a él, las viejas canciones para conducir el ganado, calmar a una vaca nerviosa antes de un parto, a curar una torcedura o quitar una espina clavada en una pezuña... pero sobre todo, aprendí a ser persona. El viejo me cuidó esos días, pero además me hizo el fantástico regalo de contarme, más que su viaje, su experiencia vital.

De él aprendí que no importa el color de la piel, sino el de los sentimientos, y que cuando uno decide emprender un viaje tan largo, debe ser capaz de afrontar la posibilidad de que no exista un retorno. Tomó la decisión de abandonar su tribu, atravesó selvas y desiertos, para acabar delante de un mar tan grande como la peor de sus pesadillas, pero siempre persiguiendo el objetivo de una vida mejor y poder volver, algún día para ayudar a los suyos.

Gastó sus últimos ahorros en la travesía del estrecho, donde perdió a un amigo Masai en medio de una tormenta. La lluvia y el fuerte oleaje salvó a su patera de ser interceptada por la patrullera de la guardia civil, pero el mal tiempo les impidió ayudar a Nairuku que cayó por la borda. Me contó cómo el patrón los abandonó nada más llegar a tierra. Sin nada mas que frio hambre, tuvo que esconderse unos días en las ruinas de una casa, antes de seguir subiendo hacia el norte, buscando su sueño. El mismo que se le resistió durante los tres años que fue malviviendo de chabola en chabola, de empleo en empleo, sin papeles, muchas veces sin un lugar donde guardarse de la lluvia o del frío, hasta que, un día recogiendo melones en La Mancha, alguien le hablo de las vacas de Soria y creyó que allí podría ser útil haciendo algo que siempre había hecho: trabajar con animales. Durmiendo en donde podía y comiendo de lo que encontraba, o aquello que la caridad de alguna buena gente le ofrecía, llegó a Navalón y allí, al lado del camino, se encontró con mi abuelo

Recuerdo cuando, muchos años más tarde, le mostré todo orgulloso mi titulo de Veterinario recién estrenado. El viejo Omboni, le dio varias vueltas entre sus manos y mirándome fijamente a los ojos me preguntó muy serio:
-¿Y tu crees que este papel te va a servir para curar a las vacas cuando estén enfermas? Para hacer eso, solo necesitas recordar todo lo que yo te he enseñado - y me lo devolvió con un ligero gesto de desprecio, mientras por detrás se escuchaba la risa floja de mi abuelo Tomás.

Han pasado unos cuantos años desde aquello. Primero murió la abuela un invierno especialmente duro. No se recuperó de una neumonía mal curada por no dejar a su marido y al viejo Kikuyu solos en el pueblo. Al final esa enfermedad acabo llevándose al poco tiempo, de forma indirecta, al abuelo Tomás. Sin su querida Inés, decía que ya nada tenia sentido. Fue en ese breve tiempo de soledad compartida cuando Omboni se convirtió en el soporte de mi abuelo. Sin su presencia y su animo constante, estoy seguro de que se hubiera muerto de tristeza mucho antes. La compañía y el cariño que le ofreció en esos momentos difíciles fueron el único aliciente para que el viejo aguantara día tras día. Al final, el tiempo no perdona y enterramos a mis dos abuelos juntos en el cementerio del pueblo. Omboni se quedó a cuidar de lo poco que quedaba en la granja, al fin y al cabo aquellas tierras se habían convertido en su hogar. Los abuelos le habían dejado en herencia una pequeña casita que tenían allá arriba en Santa Inés, al lado del corral grande. Y allí es donde el viejo Kikuyu cuidaba del ganado de varios vecinos hasta que una mañana Andrés el forestal se lo encontró muerto en su cama. No creo que fuera muy mayor, aunque ni el mismo supo decirnos nunca su edad. Yo quiero creer que él sintió en esos momentos, que allí había acabado su viaje: había encontrado el lugar donde terminar sus días en paz, su hogar, y eso es mas de lo muchos podemos decir.

Y aquí estoy, abrochándome el cinturón a punto de aterrizar en Nairobi, cumpliendo la promesa que le hice un día de verano de hace muchos años. Desde allí me espera un largo trayecto hasta llegar a Ena. Una vez que termina esta tarea, podré empezar mi propio viaje.

La vida da muchas vueltas y ahora soy yo, el que busca un hogar en la tierra del viejo Kikuyu. He ofrecido mi tiempo y mi trabajo a una ONG en Embu, la capital del distrito. Voy a estar dos años trabajando en proyectos de desarrollo de la ganadería local, aprendiendo un poco más de sus tradiciones y enseñando nuevas técnicas para poder así devolver una pequeña parte de todo lo que aquel viejo guerrero hizo por nuestra familia.

Versión larga de un cuento presentado al I Concurso de microrrelatos de Casa África. Web

Dedicado a E.

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27 Diciembre 2013

50 Palabras ... más.

Decididamente, no sé que he hecho para merecer que la web 50palabras me publique otro Microcuento en tan poco tiempo... (os aseguro que no he enviado ninguna cesta de Navidad... aunque se la han ganado!)

Bueno, aquí está el segundo:

EL SUEÑO ETERNO.

-Llevo tanto tiempo deseando estar a solas contigo y, ahora que estás delante, no sé muy bien qué decir.

-Hace mucho que me esperabas, ¿verdad, querido? -me dijo ella besándome suavemente-. Pero ya no tendrás que aguardar más. Aquí estoy, desnuda y excitada. Soy toda tuya -dijo la muerte sonriendo.

(ver en la web de 50 Palabras: aquí )

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Entropía:
1. f. Fís. Medida del desorden de un sistema. Una sustancia con sus moléculas regularmente ordenadas, formando un cristal, tiene entropía mucho menor que la misma sustancia en forma de gas con sus moléculas libres y en pleno desorden.
2. f. Fís. Magnitud termodinámica que mide la parte no utilizable de la energía contenida en un sistema.
3. f. Inform. Medida de la incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales se va a recibir uno solo.
© Real Academia Española

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#Al otro lado del espejo

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